Crianza: presencia, compasión y congruencia

 Hacía cuatro meses que mi segundo hijo había llegado. Santi estaba transitando los tres años y todos en la familia pasábamos por un proceso de cambio dividido entre el puerperio, la incertidumbre y el entusiasmo de una nueva vida en la familia.  Fue entonces que una amiga me envió una invitación a un Encuentro de crianza desde la Presencia Biodinámica.  La charla, más específicamente, abordaría los nuevos paradigmas del criar desde un acompañamiento libre y orgánico en el aprendizaje de los hijos.

Sin dudarlo logré organizarme en el trabajo y en casa para acudir al encuentro. El mero título me bastó; quizá no iba a resolver todas mis inquietudes y “tormentos” respecto a la crianza pero seguro sí iba a encontrar alguna luz para enfrentar el reto de acompañar a mi hijo Santiago en ese transe que daba señales de estar siendo complicado y doloroso, así como a mi bebé recién llegado. En el rango de un año tuvimos cambios muy difíciles de sobrellevar. La preocupación de no saber qué hacer me rebasaba y me tenía llena de culpas. Así que me decidí con mucha convicción a acudir a aquél encuentro, que definitivamente, cambió mi perspectiva, mi acompañamiento y mi relación (incluso) conmigo misma.

Aquella tarde en el Encuentro de crianza desde la Presencia Biodinámica conducida por Carles Compañ recibí mucha claridad, abrí nuevas oportunidades y puertas al camino de la maternidad y la “hijedad”. Esa tarde pude acercarme mejor a mi forma de maternidad (una que no debería tener adjetivos, que simplemente es, según lo que soy, lo que puedo y lo que tengo). Esa tarde entendí la importancia de estar para mis hijos más allá de lo que se espera de mi, de lo que la sociedad demanda, de lo que todos creen que es lo mejor para ellos y de lo que yo misma me exijo como madre. Desde ese momento me acerqué a la Presencia Biodinámica como una forma de acercarme a mí y a mi maternidad pues en ella encontré dos cosas que hoy me resultan fundamentales: compasión y congruencia.

Tener respuestas claras que se conviertan en balsas para los días de naufragio en la crianza requiere de todo un proceso de construcción, de un ejercicio constante de la presencia, la conciencia, honestidad y ternura para con una y con los hijos. Aquella tarde en ese encuentro con Carles y las mujeres que asistieron con sus hijos, se me abrió una puerta de certidumbre que a lo largo de casi 3 años me ha sostenido y me han brindado la oportunidad de estar más conectada con eso que verdaderamente me importa para acompañara mis críos y que a ratos logro escuchar detrás de todo ese ruido mental y social.

Estos puntos que a continuación enumero se me han vuelto prioritarios. Han sido clave para acompañar a mis hijos y para acompañarme a mí misma en la calma y en el caos:

  • ¿Cómo escucho a mi hijo? Pareciera una cosa fácil de responder. A bote pronto diremos, “siempre lo escucho con atención”. Sin embargo es fundamental hacer conciencia de que esa atención no debe centralizarse únicamente en las palabras. El llanto habla, el enojo habla, las perretas hablan. La escucha es primigenia y viene desde el vientre. Escuchar es estar plenamente para mi hijo. La Presencia Biodinámica propone una escucha a través de la presencia, de la observación sin juicios y sin mayores intervenciones. Acompañar a nuestros hijos sin colocar etiquetas sin querer explicarles el juego, el mundo, las reglas, las causas y efectos… Tratar de no interpretar lo que escuchamos-percibimos es importante pues al hacerlo, estamos depositando en nuestros hijos sentimientos o actitudes relacionados únicamente con nuestra historia de vida como adultos, como hijos y desde nuestras propias concepciones (acertadas y erróneas). Para entender mejor este punto podemos escuchar a nuestros hijos como ellos nos escuchan a nosotros: sin darle un sobrepeso a las palabras, sin intentar descifrar “significados ocultos” o hilos negros, sin pretender una reacción adecuada o “correcta”, sin descalificar lo que se dice o hace, sin anular su autenticidad o poner en duda su veracidad. Escuchar, observar(se)-estando.
  • La congruencia.  Si le decimos a los hijos “no tires basura en la calle” y un día de paseo por el parque despreocupadamente tiramos un envase, el mensaje que estamos dando es incongruente. Los niños aprenden de los actos no de las palabras. El ejemplo de la basura es básico, resulta casi demasiado obvio. El reto mayor de educar con el ejemplo viene cuando empezamos a darnos cuenta de que les hablamos de la calma desde el enojo, de la tolerancia desde la frustración, de la alegría desde la tristeza, de la paciencia con impaciencia, de la no violencia con violencia. Esto no quiere decir que debamos alimentar el perfeccionismo de convertirnos en humanos infalibles o puros; más bien se trata de asumir con plena conciencia y responsabilidad quiénes somos. Ser claros y honestos, podemos decirle a nuestros hijos “estoy furiosa”, “estoy triste”, “estoy cansada”, “estoy feliz”, “me siento sola”. Lograremos ser congruentes cuando no tengamos que esconder lo que sentimos frente a ellos, cuando podamos nombrar y asumir las emociones y los hechos. Lograremos la congruencia cuando hablemos con nuestros hijos como humanos y no como seres infantilizados y anulados. Lograremos la congruencia cuando podamos mostrarnos frente a ellos como ellos se muestran ante nosotros: con toda la franqueza de la luz y de la sombra.
  • Ser madre o padre no significa anularse. Resuenan todas las alarmas sociales cuando como padres decidimos priorizar nuestras necesidades ante las de nuestros hijos. Está mal visto que una madre o un padre osen decir “necesito tiempo”, “necesito espacio”, “necesito resolver este conflicto”, “necesito dormir”. No es que vayamos a quitarle el agua de la boca a los críos o a dejarlos de último. Justamente la congruencia se logra en la medida en la que somos capaces de hacernos cargo de nosotros mismos. Si soy capaz de bastarme por mi mismo, si soy capaz de estar en  en escucha constante conmigo, detallando qué es lo que me impide o me posibilita la calma, estoy enseñándoles de la congruencia. Si no postergo una ida al baño, si me pongo un suéter cuando siento frío, si como cuando tengo hambre, si me doy tiempo para hacer las cosas que me gustan, si bebo cuando tengo sed; si le doy atención también a mis deseos, necesidades y emociones entonces el mensaje a nuestros hijos es también que cuiden de sí mismos. Enseñarles a “no postergar” lo más ínfimo de la vida, de la biología y la fisiología, es enseñarles a vivir consigo mismos.
  • El mito de que los niños no deben enterarse de las cosas. Una de las primeras advertencias durante el embarazo y la lactancia es ¡cuidado con lo que sientes porque todo se lo trasmites a bebé! Qué paranoia, la pasa una intentando no enojarse, no ponerse triste, no alterarse. Como si la vida estuviera hecha de puras sensaciones positivas y enaltecedoras. Como si en esos momentos los cambios hormonales no fueran altamente impredecibles y los miedos e incertidumbres de una nueva vida no avasallaran. Ocultarles a los hijos lo que pasa entre “adultos” ha sido un mito bastante difundido. Procurarles a nuestros hijos un mundo infantilizado es imposible. Suponer que porque son bebés o niños no son capaces de lidiar con emociones o conflictos humanos es absurdo. Mentirles o aparentar con nuestros hijos sobre lo que sucede en casa, sobre lo que sucede en el trabajo, con nuestra pareja, con nuestros padres o con nosotros mismos es una causa de enfermedad. Las cosas no pueden ser tan perfectas como para que ellos no noten las “disonancias”, aunque papá y mamá escondan lo que sienten y sonrían, ellos saben que algo está mal y no explicarles lo que pasa en el plano familiar o personal resulta altamente amenazante para ellos; es muy probable que enfermen pues seguramente se sentirán culpables, incapaces o se estresarán intentando resolver solos la incógnita. No es que se  trate de venir con explicaciones extenuantes o demasiado elaboradas. Se trata de hablarles con claridad sobre lo que sucede. “Mamá está enfadada con papá porque no logramos ponernos de acuerdo sobre quién lavará los platos. Cuando nos calmemos hablaremos y seguramente vamos a resolverlo. Esta pelea no tiene que ver contigo”. Parar el mundo para intentar esconder la realidad a nuestros hijos, además de ser una tarea extenuante e imposible, es irrespetuosa e irresponsable con ellos y con nosotros.
  • La compasión: Encontrar la compasión hacia nosotras mismas es un remanso. La maternidad no es un saber, es una experiencia constante. Es un laboratorio de observación. Pretender la perfección o la infalibilidad es una quimera. Asumirnos  errantes con el mismo amor con el que asumimos a nuestros hijos, siempre incondicionales y comprensivas nos ayudará a transitar el camino, aferrándonos menos a la historia que nos “dicta” sus veredictos. Hay que llegar a la maternidad con el cuerpo, que no sólo se queda en el instante del parto o la lactancia, la sabiduría física está ahí acompañándonos más allá de la mente inquisitiva. El cuerpo es nuestro territorio, ahí habitan los secretos más suculentos de nuestro existir. Desde el cuerpo podemos criar a los cachorros con mayor resonancia en nuestra naturaleza.
  • Una día a la vez.  No anclarse al pasado o viajar al futuro facilitará la escucha y la presencia. Aceptar el instante presente en la crianza. Asumir quiénes somos y desde dónde criamos a nuestros hijos nos ayudará a estar presentes, a acompañarlos desde la aceptación sin las etiquetas de “lo bueno y de lo malo”. Escucharnos a nosotros mismos nos permitirá escucharlos. Estar con nosotros mismos al estar con ellos nos ayudará a lograr la congruencia.

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*Todo lo aquí expresado aprehendido y digerido en el Encuentro de crianza desde la Presencia Biodinámica impartido por Carles Compañ en el 2016 y realizado por el grupo de Presencia Biodinámica México. En febrero y marzo de 2019, Carles estará en Oaxaca, Guadalajara y CDMX impartiendo diversos cursos sobre crianza y Presencia Biodinámica. Informes aquí.

 

 

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